Era la fecha perfecta, y en mayor o
menor medida todos los atléticos esperaban lo que iba a pasar. Sólo a una
entidad del carácter imprevisible y caótico como la colchonera se le podía
ocurrir acabar con una maldición, con años y años de derrotas y ninguneos de la
mejor forma posible; en una final y en el campo de su viejo enemigo. El mismo
que tantas veces le ha martirizado y aplastado pero al que siempre espera en
una cita en la que, por arte de magia resulta infalible: la final de Copa del
Rey en el viejo Chamartín.
Del mismo modo que el Benfica pierde
finales europeas, o el Inter de Bergomi y Altobelli sucumbía siempre ante
Santillana y Juanito, la final de Copa entre merengues y colchoneros en terreno
de los primeros marca una tendencia histórica ineludible: favoritismo blanco y
victoria rojiblanca. Cuatro de cuatro nada menos. Por eso cuando la sede de la
final fue fijada los conocedores de la historia del fútbol sabían que esa era
la puerta de la esperanza para que Madrid recuperase su vejo derbi, tantos años
sepultado por su falta de competitividad. La única ocasión que la final entre
eternos rivales se trasladó al Calderón el Real la ganó en los penalaties.
Y sólo atendiendo a esas fuerzas
inerciales y poco tangibles que a veces mueven el fútbol se puede explicar que
el Atlético ganara, porque la diferencia de calidad de ambos clubes es abismal
y encima a los 13 minutos pasaba lo de siempre: gol de Cristiano Ronaldo y
partido cuesta abajo. Nunca le agradecerá lo suficiente Simeone al Madrid que
bajase la guardia y reculase para atrás en busca de una contra que matase el
partido. Porque en ese preciso instante el Madrid dio vida a Atlético para sacar
sus mejores argumentos resumidos en una fe inquebrantable en ellos mismos y un
espíritu de lucha que le hace superarse en toda ocasión y circunstancia. Si a
esto añadimos un orden táctico espartano y los brotes de calidad de algunos
integrantes de su plantilla podemos entender la avalancha de títulos de los
últimos tiempos. No es probablemente uno de los Atléticos más virtuosos, pero
seguramente sea el más competitivo jamás visto. El empate de Diego Costa tras
gran jugada de Falcao era un mensaje claro “estamos
ahí y la cosa no os va a resultar tan fácil”.
No había más que ver el triple cambio de
Mouriho al comienzo de la prórroga, nada menos que Higuain, Di María y Arbeloa
para palpar el inmenso potencial de la plantilla blanca, muy desaprovechado por
un estilo de juego más centrado en el toque de corneta y la pasión que en la
elaboración para la que se encuentra tan dotado. Vencer a semejante equipo
requiere de hacer muy bien tu labor y que el destino te acompañe, puesto que a
tu oponente no le hace falta jugar bien para ganar, si lo sabrá bien el Atlético.
Y en esa difícil empresa, un aliado
inesperado allanó el camino rojiblanco a la gloria, inesperado porque la diosa
fortuna no ha sido una variable muy presente en sus duelos con el Real Madrid.
Los goles anulados por Guruzeta, los penaltis fallados por en momentos decisivos o derroche de ocasiones
sin aprovechar han estado muy presentes en el inconsciente rojiblanco cada vez
que se medían a su temible oponente. En
esta ocasión hasta tres palos y dos intervenciones prodigiosas de Courtais
permitieron el sueño rojiblanco de llegar con vida a la prórroga en donde
fueron superiores a su extenuado e irritado rival llevando el partido al lugar
que más le convenía. El Madrid, confuso por las ocasiones marradas no se
sobrepuso a la mejor condición física de su oponente en el tiempo extra aunque
aún gozó de un par de buenas opciones desbaratadas por el larguirucho que con
tanto éxito puebla la portería del Atlético.. Cuando el partido entró en la
fase decisiva y se decantó por la lucha sin cuartel en cada palmo del terreno, los del Manzanares llevaban las de ganar
puesto que era el único escenario en el que se sentían superiores. De hecho la
forma en que terminó el partido no pudo ajustarse mejor a lo deseado por el
triunfador; un Real desquiciado lanzando balones a la olla, reclamando penaltis
inexistentes y presa de un guion poco previsto: no es posible que éstos nos
vayan a ganar. Hasta la gestión de las pérdidas de tiempo fue modélica, según
los patrones de los apóstoles de la picardía en el fútbol.
Los futbolistas alineados el viernes
por el argentino que ha resucitado al Atlético forman parte por méritos propios
de la historia de la entidad, por haber logrado dar el último paso para
devolver al Atlético a la auténtica élite del fútbol. Habían caído títulos, sí,
pero faltaba superar la prueba de vencer a uno de los realmente grandes, acaso
el rival más difícil posible, al que parecía metafísicamente imposible ganar.
Hubo grandes victorias en 1960, 1961 y 1992, pero en ninguna de ellas había, a
priori, tano desequilibrio entre los contrincantes como en esta ocasión. El
triunfo no fue muy brillante pero sí memorable, y acaso el momento más emotivo
de los ya largos 110 años de existencia colchonera.
